En la Uocra Mar del Plata ya no hablan en voz baja. Hablan con bronca. Y con un miedo bastante más terrenal que cualquier discusión de escritorio: quedarse sin trabajo.
Sin obra pública nacional, con el Estado corrido de la escena y con parte de la inversión privada empantanada entre objeciones, recursos, presentaciones y expedientes cruzados, el gremio empezó a levantar temperatura.
La cuenta es brutalmente simple. Si no arranca una obra, no hay jornal. Si se termina un edificio y no empieza otro, el obrero vuelve a la changa. Y si el mercado privado —hoy principal sostén de la actividad— también empieza a frenarse, lo que se rompe no es solo una cadena de inversiones: se rompe el ingreso de cientos de familias.
El malestar sube de la obra a la conducción.
En la sede sindical ya se respira un clima distinto. Según fuentes del sector, la conducción de la seccional se mantiene en alerta y evalúa medidas ante el deterioro del panorama. La preocupación no es abstracta ni ideológica. Es concreta. En los últimos días, volvieron a verse trabajadores buscando alguna tarea ocasional para sostener la semana, una postal que el sector creía más lejana.
Dentro del gremio repiten la misma idea: sin obra pública, la ciudad depende cada vez más de la obra privada. Y si a esa rueda también la frenan, el golpe pega directo en el empleo.
En ese contexto, trascendió que uno de los dirigentes de la mesa sindical resumió el cuadro con crudeza: con este Gobierno no hay obra pública y a las inversiones privadas que todavía apuestan por Mar del Plata las están desalentando. En la Uocra el diagnóstico circula sin maquillaje: sienten que se está cercando a una actividad que, guste o no, sigue siendo una de las grandes generadoras de trabajo en la ciudad.
Denuncias en voz baja, presión en voz alta
En paralelo, dentro del sector empresario y gremial circulan versiones delicadas sobre supuestas maniobras de presión contra constructoras y desarrolladoras. Se habla de grupos con escasa representación real que, bajo banderas ambientalistas o patrimoniales, avanzan con objeciones y presentaciones contra distintos emprendimientos. También se deslizan acusaciones sobre presuntos pedidos de dinero o beneficios a cambio de desactivar conflictos.
Hasta ahora, no hay confirmación pública ni judicial firme que permita presentar esas acusaciones como hechos probados. Y ahí está el punto. Porque una cosa es el rumor de pasillo y otra, bastante distinta, es una denuncia acreditada. Pero el runrún existe, crece y ya forma parte del clima político-empresario de la ciudad.
Lo que sí es verificable es el efecto: más incertidumbre, más desarrolladores recalculando, más permisos discutidos y más bronca en un gremio que ve cómo la actividad se vuelve rehén de una mezcla incómoda de litigio, rosca y parálisis.
La política mira, la obra espera.
En la Uocra también apuntan contra la judicialización permanente de proyectos urbanísticos, edificios, barrios privados, emprendimientos rurales y naves industriales. La lectura sindical es lineal: mientras algunos juegan a la épica tribunalicia, en la obra falta laburo. O dicho de otro modo: hay sectores que discuten el expediente; el obrero discute cómo llenar la heladera.
Por eso, el secretario general César Trujillo habría pedido una reunión urgente del Foro de la Construcción para analizar el cuadro. No es un gesto menor. Es señal de alarma. En el gremio recuerdan, además, que Trujillo supo empujar durante la pandemia mecanismos excepcionales para sostener la actividad y evitar que empresas y trabajadores quedaran al borde del abismo. Ahora el escenario es otro, pero el fondo se parece: sostener el trabajo antes de que la crisis se vuelva costumbre.
El problema, en definitiva, no es solo económico. Es político. Mar del Plata discute qué ciudad quiere ser, pero mientras lo hace corre el riesgo de dinamitar uno de los pocos motores que todavía generan empleo masivo. Y cuando eso pasa, la teoría sobra. Lo que falta es trabajo.






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