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Berni contra la política del silencio: Cristina, lealtad y factura interna

Sergio Berni volvió a meterse en la interna peronista con el estilo de siempre: frontal, áspero y sin pedir permiso.

En una columna de opinión publicada este domingo en Infobae, el senador provincial planteó una defensa política de Cristina Kirchner y apuntó contra lo que definió como una cultura de la susceptibilidad, la victimización y el silenciamiento dentro de la política.

La columna lleva un título que ya marca la cancha: “El victimismo, enfermedad infantil de la política”. Allí, Berni cuestiona el episodio de un micrófono apagado mientras se denunciaba la detención de CFK, hecho que presenta como síntoma de una discusión más profunda dentro del peronismo: qué se debate, qué se calla y quién se anima a hacerse cargo del costo político.

El punto más filoso aparece cuando Berni corre la discusión del terreno personal y la lleva al plano político. Para el exministro de Seguridad bonaerense, apagar una voz no es apenas una descortesía parlamentaria: «es una señal de debilidad argumental». En criollo: «cuando no hay respuesta, aparece el botón de silencio».

La columna también carga contra la doble vara dentro del oficialismo bonaerense. Berni advierte que no resulta saludable enfrentar desde el Ejecutivo provincial las políticas nacionales de ajuste y ahogo financiero, mientras en el Senado bonaerense se tejen acuerdos con sectores que, según su mirada, representan esa misma orientación política. Es decir: discurso combativo por un lado, rosca legislativa por el otro. La vieja alquimia bonaerense.

En el fondo, el texto funciona como algo más que una opinión doctrinaria. Es una intervención interna. Berni reivindica muy bien el debate peronista “franco, áspero, frontal”, pero diferencia la discusión política de la victimización como método. Su mensaje parece dirigido a quienes, dentro del propio espacio, confunden herida con conducción y sensibilidad con estrategia.

La lectura política es evidente: Berni no escribe sólo sobre el victimismo. Escribe sobre poder. Sobre quién conduce, quién se disciplina, quién se victimiza y quién se hace cargo cuando la interna deja de ser murmullo y pasa a expediente público.

Y ahí, otra vez, como toda su vida, Berni se para donde más cómodo se siente: en la trinchera de la lealtad. Con Cristina como límite, el peronismo como territorio en disputa y la lapicera bonaerense todavía llena de tinta para facturas pendientes.

Silenciar a un compañero que está denunciando la injusta detención de CFK en virtud de una sentencia amañada y atravesada por nulidades insanables, sintetiza un estado de situación sobre la que debemos reflexionar.

Una acuarela que muestra a Cristina Kirchner saludando con una mano levantada desde el balcón del departamento en el que cumple prisión domiciliaria. (Imagen Ilustrativa de Infobae).

«Silenciar a un compañero que está denunciando la injusta detención de CFK en virtud de una sentencia amañada y atravesada por nulidades insanables, sintetiza un estado de situación sobre la que debemos reflexionar.

Vivimos un tiempo en el que se ha cultivado una sensibilidad que se ofende por todo. Una época que confunde el argumento con el insulto y el disenso con la ofensa irreductible.

El agravio funciona como un escudo que vuelve indiscutible al que lo porta: si me ofendés, ya no tengo que responderte, me basta con sentirme herido y cancelarte, apagarte el micrófono y refunfuñar entre dientes.

Silenciar a un compañero que está denunciando la injusta detención de CFK en virtud de una sentencia amañada y atravesada por nulidades insanables, sintetiza un estado de situación sobre la que debemos reflexionar seriamente, en razón de nuestra propia historia atravesada por tantas injusticias: bombardeos, golpes, fusilamientos, cárceles, desapariciones, proscripciones y exilios.

Podemos discutir todo, pero hay un piso común que debemos respetar: la solidaridad con quien paga con su propio cuerpo el rencor descomedido de un poder ciego que no le perdona al peronismo haber nacido para traer dignidad a nuestra Patria.

Cada vez que se apaga una voz, no se comete apenas una descortesía: se repite un patrón demasiado conocido. Los peronistas sabemos lo que es la censura: vaya el recuerdo del decreto 4161 de 1956 que prohibía nombrar a Perón o a Evita. ¿Acaso apagando micrófonos queremos silenciar el justo reclamo por la inocencia de Cristina?.

Apagar el micrófono no es ejercer una convicción ni defender nada. Es la confesión lisa y llana de que no hay nada para decir sino para silenciar. El que tiene razones, contesta. El que no las tiene, censura.

No es saludable que el gobernador enfrente las políticas de ahogo financiero a la provincia, de desindustrialización y pérdida de empleo, mientras en el senado provincial se tejen acuerdos con los representantes de esa misma política entreguista. Esa doble vara se traduce en una política de tirar la piedra, esconder la mano, victimizarse y hacer de eso una bandera.

Sobre la victimización como método y la responsabilidad como respuesta
La política se ha vuelto el escenario que hizo de la susceptibilidad un método. Y de la victimización, una carrera.

-El peronismo siempre cultivó el debate interno: franco, áspero, frontal. Un debate atravesado por verdades dichas con convicción y no mediante lamentos impostados-

La faz agonal de la política es la etapa del debate, de la acumulación, de la disputa de representación, del despliegue de la voluntad de poder como mecanismo de acceso a la legitimidad democrática. El peronismo siempre cultivó el debate interno: franco, áspero, frontal. Un debate atravesado por verdades dichas con convicción y no mediante lamentos impostados.

Allí residió siempre la vitalidad de un movimiento tumultuoso, lleno de vida, que se nutría justamente de las miradas provenientes de múltiples vertientes que sin embargo confluían en un mismo cauce. Lo diverso no agraviaba, enriquecía. El matiz no sofocaba, ampliaba las bases propias y permitía síntesis más abarcadoras.

Pero los tiempos han cambiado. El progresismo de las almas sensibles cultivó la cultura de la ofensa fácil. Freud lo explicó hace un siglo: lo llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias. Es esa pulsión por la cual los que más se parecen son los que más necesitan diferenciarse, porque en la mínima diferencia que los distingue cada uno funda su pequeña identidad ofendida. Hermanos que levantan la mano contra su propio hermano: es una historia tan antigua como la Biblia y tan trágica como la incomprensión humana.

La consecuencia es la fragmentación. Porque una sociedad que se ofende por todo es una sociedad que se rompe en pedazos cada vez más chicos. La hipersensibilidad no construye comunidad: la pulveriza.

A eso lo llamamos tribalización. Es el proceso por el cual las grandes identidades que nos contenían a todos -el pueblo, la nación, la idea de un destino común- se quiebran en tribus minúsculas, cada una encerrada en su propia herida, cada una hablándole solo a los suyos. Donde antes había un nosotros amplio, capaz de contener la diferencia, ahora hay mil pequeños nosotros enfrentados, que ya no se reconocen entre sí.

Necesitamos trascender la propia facción para asumir la responsabilidad de ponernos al frente del conjunto. Eso es lo que pedimos. Nada más y nada menos. Lo que hay en el medio es mero ruido, anécdotas olvidables que no deben escandalizar a nadie, fricciones propias del verdadero debate: al peronismo no se lo ordena desde la PARTE, no se lo sintetiza desde la facción, no se lo conduce desde el olvido al prójimo y no se lo domestica desde la ingratitud disfrazada de herida autopercibida.

A un pueblo se lo dirige desde la respuesta y desde la responsabilidad. Eso es tener cuero para la conducción. Si no se comprende eso, no se comprende nada.»

 

 

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